La acción de Beuys une ritual, política y animalidad en una imagen que no se agota en la anécdota
- Se realizó en mayo de 1974, en la René Block Gallery de Nueva York, con un coyote vivo y una puesta en escena muy controlada.
- El fieltro, el bastón, la ambulancia y el propio encierro convierten el cuerpo de Beuys en parte del mensaje.
- La obra suele leerse como un gesto sobre trauma, América, violencia histórica y posibilidad de reconciliación.
- No es solo una provocación: también funciona como ejemplo de “escultura social”, una noción clave en Beuys.
- Su vigencia depende de leerla como performance, documento y construcción simbólica, no como simple curiosidad.
Qué hizo Beuys en 1974 y por qué la pieza no fue un espectáculo animal
La acción se desarrolló durante tres días en una galería de SoHo, en Nueva York, con un coyote vivo dentro de un recinto cerrado. Beuys llegó desde Alemania, fue trasladado en ambulancia y se presentó envuelto en fieltro, con un bastón y otros objetos que lo acompañaban como si formaran parte de una liturgia mínima. A ratos caminaba, observaba al animal, se cubría o se apartaba; a ratos el coyote se acercaba, rasgaba el fieltro o marcaba el espacio con su propia presencia.
Lo importante aquí es entender que no estamos ante una escena de control del animal, sino ante una situación de convivencia tensa. Beuys no “domestica” al coyote ni lo convierte en mascota simbólica. Construye un marco para que el encuentro produzca significado: distancia, riesgo, espera, negociación. Yo la leo menos como una demostración de dominio y más como una prueba de resistencia entre dos formas de habitar el espacio.
Ese encuadre es decisivo, porque desplaza la atención desde el “qué pasó” hacia el “qué estaba tratando de decir el artista con esa forma de pasar tres días con el coyote”. Y ahí entra de lleno la parte simbólica.

Cómo se construye la escena para que todo tenga peso
En esta obra, los objetos no son accesorios: son la estructura del sentido. El fieltro funciona como aislamiento y protección; el bastón sugiere desplazamiento, autoridad o guía; la ambulancia convierte la llegada y la salida en un gesto casi ceremonial; el espacio cerrado hace que cada movimiento tenga densidad. Beuys sabía muy bien que, en performance, un mínimo cambio de contexto puede alterar por completo la lectura de la acción.| Elemento | Qué aporta | Cómo conviene leerlo |
|---|---|---|
| Fieltro | Aísla el cuerpo y lo vuelve frágil | Como barrera, abrigo y signo de vulnerabilidad |
| Bastón | Introduce ritmo, dirección y presencia | Como resto ritual, no como simple utilería |
| Coyote | Activa la tensión de la obra | Como figura de alteridad, no como “animal decorativo” |
| Ambulancia | Convierte el tránsito en parte de la pieza | Como entrada y salida escénicas, casi míticas |
La documentación también importa. La pieza no vive solo en la sala de 1974, sino en las fotografías, el vídeo y el relato que la sostienen después. Eso es bastante típico en el arte contemporáneo: la obra ocurre, pero su circulación pública depende de cómo se registra y se conserva. En este caso, el registro en vídeo dura 35 minutos, pero el tiempo simbólico de la acción es mucho mayor que esa duración técnica.
Qué simbolizan el coyote, el fieltro y la idea de reconciliación
El coyote no aparece aquí como un animal cualquiera. En varias tradiciones indígenas norteamericanas es una figura liminal, asociada al paso entre mundos, al engaño, a la inteligencia y a la supervivencia. Beuys aprovecha esa carga simbólica para hablar de una América herida, atravesada por conflictos históricos, violencia colonial y desconfianza hacia lo otro. El animal se vuelve una forma de pensar lo que la cultura occidental ha intentado excluir o dominar.
El fieltro, por su parte, remite a una de las materias favoritas del artista, muy vinculada a su mitología personal. Funciona como abrigo, membrana y límite. Yo creo que ahí está una de las claves de la obra: el artista no entra a la escena como un sujeto transparente, sino como un cuerpo protegido, mediatizado, casi blindado. Eso le da a la performance un tono de fragilidad controlada que evita la lectura heroica fácil.La obra también suele leerse en relación con la oposición de Beuys a la guerra de Vietnam y con su idea de que el arte podía reparar fracturas sociales. Esa ambición puede sonar grandilocuente hoy, pero en el contexto del posguerra europeo y del arte político de los setenta tenía mucho más sentido del que a veces se admite. La pieza no promete una cura literal; propone un contacto incómodo como punto de partida.
Para verlo con más claridad, conviene resumirlo así: el coyote no “representa” una sola idea, sino varias capas al mismo tiempo, y eso es precisamente lo que la hace útil para leer arte contemporáneo serio, no solo iconografía.
Por qué esta obra sigue siendo central en el arte contemporáneo
Hay al menos cuatro razones. La primera es que convierte el cuerpo del artista en un medio, no en un soporte secundario. La segunda es que mezcla ritual, política y autobiografía sin separar del todo esos niveles. La tercera es que rompe la frontera entre obra, documento y relato. La cuarta es que abre la puerta a una idea que después será decisiva: el arte como intervención social, no solo como objeto para mirar.
Beuys trabajó con la noción de escultura social, una forma de entender el arte como producción de relaciones, imaginarios y discusión pública. Dicho de forma simple: la obra no termina en el objeto ni en la imagen, sino en los efectos que genera sobre la conversación cultural. Esa idea explica por qué una performance tan precisa sigue apareciendo en catálogos, clases y exposiciones.
También importa algo más: esta pieza muestra que el performance art no necesita ser confuso para ser complejo. Su fuerza no está en la extravagancia, sino en la organización inteligente de signos. Cuando una obra como esta funciona, cada elemento tiene una tarea. Cuando falla, todo se vuelve anécdota. Esa diferencia sigue siendo crucial para leer arte vivo hoy.Y precisamente por eso vale la pena desmontar algunas interpretaciones fáciles, porque son las que más distorsionan la obra.
Cómo leerla sin caer en los atajos que la empobrecen
Yo veo cuatro errores frecuentes cuando se habla de esta performance:
- Reducirla a una excentricidad. Si solo se entiende como “un artista encerrado con un coyote”, se pierde toda la dimensión política y ritual.
- Tomarla como una metáfora simple de América. La relación de Beuys con Estados Unidos es mucho más ambivalente: hay crítica, deseo de diálogo y conflicto simbólico a la vez.
- Ignorar el peso de la documentación. Sin fotos, vídeo y relato, la obra cambia de estatuto; ya no circula igual ni produce la misma lectura.
- Separar el gesto del contexto histórico. La posguerra, Vietnam y la reflexión sobre culturas indígenas no son decorado: son parte del núcleo de la pieza.
También conviene evitar una lectura demasiado edulcorada. No es una obra “sobre la armonía con la naturaleza” en sentido ingenuo. El coyote no aparece para confirmar una paz posible, sino para hacer visible la fricción entre cuerpos, memorias y sistemas de poder. Ese matiz, para mí, es el que sostiene la obra mejor que cualquier interpretación romántica.
Cuando la explico, suelo decir que su verdadera inteligencia está en dejar espacio para la incomodidad. No busca tranquilizar al espectador; busca obligarlo a pensar qué significa acercarse a lo que se considera extraño, salvaje o irreductible.
La vigencia de una pieza incómoda en 2026
En 2026, esta performance sigue siendo útil porque toca varios debates actuales sin parecer escrita para ellos. Habla de convivencia con lo no humano, de cómo se construye una imagen pública, de qué hacemos con el trauma histórico y de por qué el arte necesita a veces rituales para decir cosas que el lenguaje ordinario no alcanza a formular. Esa combinación no envejece fácilmente.
Si tuviera que resumir su vigencia en términos prácticos, diría esto: sirve para entender que una obra de arte no vale solo por su rareza, sino por la precisión con la que articula materiales, contexto y lectura pública. También recuerda que el arte contemporáneo más sólido no es el que se explica en una frase, sino el que sigue produciendo preguntas después de haber sido visto.
Por eso I Like America and America Likes Me continúa importando: no porque sea una pieza “legendaria”, sino porque obliga a mirar con atención cómo un gesto aparentemente simple puede cargar historia, política y símbolo sin perder intensidad visual.